¡Cuando habla una fotografía!

Rafa Guillot

No solamente hablan las estrellas y nos transportan, con su luz inextinguible, los recuerdos y las imágenes de nuestros seres más queridos. A veces, aparecen vestigios que se manifiestan, casi, como pruebas insignificantes de vidas maravillosas perdidas en el tiempo. Incluso nos da la sensación de que, milagrosamente, pueden regresar a la vida, aunque sea en nuestras mentes, todas las personas que allí habitan.

 

Cuando habla una fotografía

Como regalo caído del cielo, como la fruta madura que recoge el buen agricultor, así podría considerarse la instantánea que ha visto de nuevo la luz, ¡70 años después! Aquélla que con toda la intensidad de sus rayos aprisionó, para siempre, a aquel grupo de deportistas elianeros. Pero la primitiva cámara de fotos no los capturó a ellos, únicamente, sino a más cosas imperceptibles en un primer visionado, por lo que la convierten en un testimonio de grandísimo valor histórico. A través de su potente flash quedaron atrapados detalles tan maravillosos como los potentes rayos de sol que se proyectaban con fuerza aquella mañana otoñal. O como casi la única prueba visual del que fue primer y más legendario de los feudos del equipo de fútbol de L’Eliana, el “Campo de Les Casetes”. Y ¡cómo no citar! El hecho de que, por fin, puede visionarse, aunque sea casi “a hurtadillas” el tantas veces mencionado, y famosísimo, primer escudo alado que portó sobre su pecho, a la altura del corazón, el equipo de fútbol fundador en este pueblo.

La foto está tomada en el mencionado Campo de Les Casetes, sobre las diez u once de la mañana. La posición de las sombras sobre el terreno es la prueba. Instantánea obtenida con el Este, a la espalda, y hacia el Oeste. Por eso aparecen, al fondo, las “casetes” que dieron origen a la denominación de la zona.

Y es que recién iniciada la década de los Cuarenta, ése era el deporte rey porque, prácticamente, no había otro por aquí. Aunque lo de menos es que fuera el fútbol. ¡Qué más da! Es del todo insignificante. Se trata de uno de los primeros aportes visuales que muestra a personas que lucharon por defender a esta localidad, fuera cual fuera la faceta en la que competían. Ellos sí que lo dieron todo. Futbolistas que eran carpinteros, albañiles, labradores…. Pero todos con el sentimiento común de un amor incondicional a su pueblo.

Y no debe quedar sin recompensa la labor de uno de los grandes historiadores, o “crooners”, que tiene, en la actualidad nuestra población, Vicente Rubio, que ha multiplicado su acción a través de la famosa Comunidad “facebookera” de “No eres de L’Eliana si”. Y, también, con una de las pocas fotos originales que existen, aportada por Pep Escrivá, jugador y deportista de leyenda, tanto en el propio equipo elianero como su pasado en el Levante U.D. Obtuvo la Bota de Oro por parte del Club, en recompensa a toda su brillante carrera deportiva, en el año 2012.

La imagen de referencia habla por sí sola, nos hace soñar y volar con la imaginación desde el primer momento, transportándonos a aquella mañana del 26 de Noviembre de 1944, domingo. Aunque muy de refilón, pueden testificarse algunas de las citas que ya nos contaron nuestros mayores en el pasado.
Primeros años de la Posguerra en España. Tiempos difíciles. Se trataba del día festivo de la semana y el ambiente, en el flamante Campo de Les Casetes, estaba bastante concurrido. Podemos apreciar, en primer plano, a un grupo de aficionados que visionan al grupo en el momento de plasmarse la fotografía. Al fondo, predominan las féminas, bastante acicaladas, por cierto. Estos partidos eran un punto muy importante de reunión y no pocas parejas se formaron bajo el amparo protector de este campo de deportes y de todo el mágico ambiente que lo envolvía.

Aquel día amaneció bastante soleado, aunque algo fresco. Había sido un año muy inestable, desde el punto de vista climatológico. La sequía había sido atroz. Ese agosto de 1944 el termómetro llegó a sobrepasar, en L’Eliana, los 43 grados. Los nuestros vestían los colores originales del equipo desde sus inicios, diez años antes. Blanco impoluto en elástica y calzón, con medias de color negro con ribetes en blanco, a juego. En realidad, había en aquellos tiempos cierto gusto en homenajear, de alguna manera, al equipo representativo de la capital, el Valencia C.F., que marcó la senda inicial.

A través de los testimonios que se han perpetuado hemos podido conocer a buena parte de los futbolistas que aparecen en la foto. Adrián Escrivá, uno de los primeros futbolistas que aportó la ilustre saga familiar al equipo, alternó las manoplas, en la portería, con Federico, el otro cancerbero. Con el paso de los años, Adrián llegaría a entrenar al equipo.

En la defensa, Paco Coll “el gros”, el primero de los “lolos” dio muestras de su bravura futbolística. No extrañó a nadie después de dónde provenía ese instinto único que tuvieron los Coll. Sin duda ninguna fue Paco un “terremoto” en la defensa. Tenía la costumbre de protegerse la cabeza con el pañuelo blanco, para “defenderse” de las costuras de aquellos tan agresivos esféricos.

Pepet Llopis “Raboset” puso la brega en esa zona tan delicada como es la del centro del campo. Excelente interior. Era ambidiestro ¡Cómo luchaba todos los balones! Lo de “raboset”, “zorro, zorrete”, en castellano, viene de lejos en la familia, pero se le acopló como anillo al dedo por reflejar fielmente su temperamento.

En el centro del campo también hubo un nombre de referencia, Ramón Chisvert, tío de su homónimo sobrino, “el Gat”, uno de los mejores deportistas elianeros, en el sentido más amplio, de todos los tiempos. Nuestro “Barruca” brilló con luz propia, tanto aquí como en su posterior trayectoria, entre la que podemos destacar su pertenencia equipos de la talla del Orihuela C.F. o Cartagena F.C. Su contundente corpulencia no hizo sino aupar su enorme instinto como futbolista. Ramón contó con la inestimable ayuda del poblano Berga, que cubrió siempre las espaldas cuando subía al ataque.

En la punta del ataque auténticas “patas negras”. Pepe Valero “Nasia” fue el “killer”, el “matador” por excelencia, en su puesto de delantero centro nato, el “9”. ¡Qué clase la suya! También tomaría las riendas del equipo como entrenador posteriormente. Para hacernos una idea de cómo fue aquel gigante, con ver a su hijo Eugenio es suficiente. ¡Dicen que es un calco de su progenitor!

Todo ello sin olvidar al mejor extremo izquierdo de toda la comarca, Antonio Castelló. Otro extremo a la vieja usanza fue Miguel Coll Valero, “Micalet”, rápido como pocos y muy hábil con el balón. Ni tampoco anduvo a la zaga Alcácer, “el verdulero”, otro soberbio futbolista. Gran aportación la de los primos Coll Valero, ¡Micalet y Capsot!, ¡Miquel i Vicent!

¡Y quién entrenaba a los muchachos! No se ve en la imagen pero la Historia guarda lugar de privilegio para LLuis Escrivà, el mítico e inolvidable “maestrillo”, que fue primer alcalde democrático de este pueblo. ¡Adriàn, Lluis y Vicent! Los tres hermanos Escrivà de aquella tan ilustre generación. No iban a ser los únicos fantásticos. Ya hemos mencionado anteriormente a Pep, hijo de Vicent. Pero la tercera hornada, fue la de Vicent Escrivà, una de las grandes figuras de uno de los mejores conjuntos de todos los tiempos que ha dado este pueblo, el gran equipo campeón que “barrió” a toda la región valenciana en la mítica temporada 94/95.

¡Y tanto que nos habla la foto! Como que casi nos perece a escuchar al “gros” más legendario de todos, Paco Coll, el “pare de los Coll”, bebiendo hasta el último sorbo de la alegría que hoy siente él ahí arriba, al contemplar lo radiantes que están sus hijos, aquí abajo, por el sencillo homenaje que se tributa a su inolvidable padre.

Tras el desgranado personal de los personajes de la instantánea se robustece la idea que titula el presente artículo. Ellos siguen dirigiéndose a nosotros, casi nos gritan. No se han resignado a permanecer olvidados en un baúl o en cualquier armario. Ahora, tanto tiempo transcurrido, sus rostros, empapados de juventud, han vuelto a ver la luz para todos nosotros, afianzados por la mejora digital de una foto a la que se ha intentado devolver toda la vida posible, para recrearnos, de la forma más fidedigna posible, aquel ambiente y a ese equipo que formaron elianeros ilustres.

¡Qué alegría tan inmensa ver estos días a Pepet Llopis, el “raboset”, nacido en 1923, que a sus ¡91 años! no ha podido contener sus lágrimas al acariciar esa imagen y volver a “tocar” a quienes fueron grandes amigos suyos, ¡con qué ternura! A veces, ni un avezado periodista, que no es el presente caso, puede encontrar las palabras adecuadas para describir un hecho tan entrañable.

Entre lágrimas, con la foto entre sus manos, sollozaba este gigante de corazón… ¡Qué alegría volver a veros a todos! ¡Nunca he podido olvidaros! ¡Volveremos a abrazarnos!

¡Por supuesto que te abrazarán, amigo! Pero esta vez será para auparte, para levantarte, para estrujarte aún más que cuando marcaste aquel golazo contra el equipo de La Pobla en “Les Casetes”.

 Este artículo va dedicado a Pepet, a quien el destino ha convertido en ¡El último superviviente! No olvidemos esta estirpe familiar de gran peso en el pueblo. No hace falta abundar en quién fue su inolvidable hermano Juan, aquel “pintor de sueños maravillosos”. Y va dedicado sólo a Pepet porque, ironías del destino, ¡eran dos los designados! ¡Por qué poquito. Qué pena que Ramón “Barruca” se nos haya ido tan recientemente! Las mismas palabras que a los Llopis van dedicadas a los Chisvert, otro apellido de mucho peso en esta localidad.

Desde estas crónicas siempre hemos querido bucear en la Historia de este pueblo, “hurgar” en sus entrañas de todas las maneras posibles, porque siempre son buenas, para amarlo todavía más, sea o no en el mundo del deporte, que es lo verdaderamente anecdótico. Porque honrar la memoria de quieren fueron nuestros fundadores es vencer al paso del tiempo, al olvido y a todo ¡incluso a la muerte!

Hoy, aquellos amigos, de blanco inmaculado y tan llenos del honor que portan los grandes elianeros funden sus voces, en un solo grito y desde la distancia celestial, con las de un pueblo que, setenta años después, honra a su “raboset”, a aquel “zorro” tan audaz, al más astuto de todos los tiempos.

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