El centro, una opción imposible

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Juan Pedro Serrano, secretario general PSPV-PSOE de La Pobla de Vallbona

La moción de censura que se ha celebrado en el Congreso hace unos días invita a una profunda reflexión que debería ir más allá de la simple confirmación del incuestionable resultado de la votación final. Tanto como el número de votos a favor y en contra interesa la intención y el significado de los discursos que se pronunciaron, así como las consecuencias que los mismos puedan tener en el juego de alianzas que cada partido establezca con posterioridad. Y también la disposición de cada uno de ellos para alcanzar acuerdos y buscar consensos en cuestiones que necesariamente deberán superar intereses exclusivos de partido para centrarse en asuntos prioritarios de Estado.

La intención de los y las portavoces de todos los grupos parlamentarios pareció clara; en primer lugar, no dejar la más mínima duda respecto a su posición contraria a la moción que presentaba Vox y, en segundo lugar, fijar su ubicación en el punto concreto del espectro político en el que cada cual considera que su electorado desea verles. Dado que las posiciones de izquierdas, progresistas, nacionalistas e independentistas están más o menos definidas, la verdadera disputa se produjo entre los tres partidos de la derecha. El PP, partido hegemónico de la oposición, compitió con Vox por erigirse en referente principal de ese sector, y con Ciudadanos por alzarse con la supremacía del centro, un espacio político difuso, complejo y, en mi opinión, ideológicamente imposible. Porque, ¿de qué hablamos exactamente cuando nos referimos al centro?
Si lo entendemos como una posición equidistante entre dos opciones opuestas -derecha e izquierda, por ejemplo- nos veremos obligados a admitir que cualquier alternativa que se sitúe en ese lugar carece de entidad propia, de perfil político exclusivo, definido. Porque todos los postulados y propuestas de los partidos que se sitúen en este ámbito dependerán del posicionamiento que adopten las fuerzas que les sirven de referencia a uno y otro extremo, así como del planteamiento y las decisiones que estas adopten respecto a cada cuestión que se discuta.

¿Cuál sería, por ejemplo, la posición de centro, equidistante, a la hora de apoyar o no propuestas que exigen un pronunciamiento explícito, como el aborto, el matrimonio igualitario, la privatización o no de los servicios públicos?, ¿de qué lado se estará cuando haya que manifestarse respecto a un tema como el de la memoria histórica, que exige un posicionamiento ideológico claro, sin medias tintas ni ambages? Llegado el momento, quienes reivindican el centro se verán obligados a elaborar un programa y posicionarse de manera clara, sin ambigüedades. Deberán optar por posturas más o menos cercanas a las que plantean los partidos que se sitúan en sus extremos, se verán forzados a colocarse a derecha e izquierda de esas formaciones, o, sencillamente, a identificarse con ellas; en cuyo caso, inevitablemente habrán perdido la condición de centro que reclaman.

Hay quienes pensarán, no obstante, que, ante temas muy concretos, las personas que se declaran de centro siempre pueden dejar de lado argumentos puramente ideológicos y optar por alternativas moderadas. Pero esto resulta imposible. La moderación no es un concepto que defina por si mismo una posición de centro, un rasgo propio, distintivo de formaciones que se atribuyen la propiedad de ese espacio. La moderación puede aplicarse a cualquier idea. Se puede ser moderado de izquierda o moderado de derecha sin que esto convierta en centristas a las personas que militan en partidos que se encuadran en el marco de esas tendencias políticas. Y sin que esos mismos partidos dejen de ser lo que son y pasen a considerarse centristas por el mero hecho de ser más o menos moderados en relación a los principios esenciales que les definen, les caracterizan, les identifican y les permiten situarse en los espacios bien diferenciados que ocupan.

Pero, como señalaba al principio, además de los votos y la intención de los discursos que se pronuncian, a la hora de evaluar la autenticidad y credibilidad de un partido también han de tenerse en cuenta las consecuencias que se derivan de esos discursos y de la orientación concreta del voto en un momento determinado.

En este sentido, y por lo que respecta a los partidos que con mayor o menor autoridad reclaman la titularidad del centro, su apuesta resulta evidente. Después de las rotundas manifestaciones del líder del PP en la tribuna del Congreso, intentando escenificar la ruptura de su formación con la ultraderecha y amagando con un supuesto viaje al centro tantas veces anunciado y siempre aplazado, la realidad es que no se ha atrevido a renunciar al apoyo de Vox allí donde lo necesita para gobernar. Y tampoco lo ha hecho Ciudadanos, un partido diseñado especialmente para ocupar ese teórico espacio de centro que, finalmente, se ha visto convertido en una caricatura de sí mismo, un triste experimento de oportunismo político que acepta igualmente el apoyo de la ultraderecha para gobernar allí donde se le ofrece.

El centro no es, por tanto, una elección creíble sino una excusa, un refugio para personas escépticas, frustradas, que huyen de otros partidos o de desilusionantes experiencias electorales previas. En muchos casos, es posible que las opciones que se proclaman de centro no pasen de ser nada más que un intento por ofrecer un espacio en el que ocultar el bochorno que a muchas personas provoca admitir que son de derechas. En política no hay lugar para la neutralidad o la equidistancia. Se decide siempre, siempre se toma partido. El centro no es alternativa, es una opción imposible.

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